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Cómo conocer a Jesús y ser su discípulo
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El mejor escape

Por Vicky Güereña Mills

¿QUIÉN NO RECUERDA AL PROFESOR ZOVEK ESCAPANDO de los lugares más peligrosos con su extraordinaria fuerza? Cada domingo, en el programa de Raúl Velasco, ante millones de asombrados telespectadores, el famoso escapista encapuchado, amarrado con cadenas y pesados grilletes, lograba sus hazañas.

La leyenda alrededor de su persona empezó a forjarse en 1969. Dueño de un carisma misterioso, su fama llegó a la cúspide en 1972, cuando no pudo escapar al destino común de los humanos: la muerte.

El hombre más fuerte de México en su tiempo, el esposo amado y el padre admirado, partió dejando tras de sí desesperación y dudas. Sus cuatro hijos y su esposa tendrían que caminar más de 26 años para encontrar la respuesta.

1970. El Profesor Zovek realiza un escape por televisión

El más pequeño de sus hijos era un hermoso bebé de un año que en ese tiempo figuraba como la imagen de Gerber. El nos cuenta sus emocionante historia:



El Profesor Zovek junto a su esposa y su hijo más pequeño, meses antes de morir

Mi nombre es Zovek Chapa Carrillo, tengo 28 años y soy escapista profesional, hijo de Francisco Javier Chapa del Bosque, mejor conocido como Profesor Zovek. El era una persona inteligente, pensante, y un lector insaciable. Conoció muchas filosofías pero nunca se fanatizó de ninguna. Muchos grupos se le acercaban para tratar de adherirlo, porque era una persona con una vida muy interesante; pero él no se dejó, fue un libre pensador.

Investigó hasta el final de su vida. Entre los libros que estudió está la Biblia; la que tenemos en casa tiene varias anotaciones con puño y letra de mi padre.

Analizando lo que fue la vida privada del profesor Zovek en sus últimas días, y de acuerdo a lo que mi mamá recuerda podemos asegurar que tuvo un choque espiritual al darse cuenta de su necesidad de Dios. Se quebrantó al descubrir que a pesar del estupendo control físico y mental, seguía vacío y sin paz.

Se disculpó con mi madre y con algunas otras personas. Al morir tenía solo 31 años. El avión donde viajaba cayó al despegar de una altura de 60 metros. Según los testigos que lo vieron, murió en paz.

Zovek Chapa heredó de su padre el gusto por el peligro

La familia se perdió desde ese momento. Empezamos a consultar grupos de espiritistas, que se acercaron a mi mamá insistiendo que hablaban en nombre del Profesor Zovek. Aunque no los tomamos en serio, seguimos buscando la verdad, porque estábamos convencidos que la vida no termina con la muerte.

Iniciamos un intenso recorrido por diversas religiones, filosofías, técnicas de control mental y espiritual, corrientes esotéricas, muy de moda en la actualidad, pero por experiencia propia, (tengo hermanos que llegaron a dar cursos al respecto de esas técnicas), experimenté que son huecas, que te dejan vacío y te provocan más daño que el beneficio aparente a primera instancia.

Esas disciplinas falsas son caminos sin fin, la gente ciega es guiada por ciegos. Supuestos maestros iniciados o elevados que confunden a la gente y ellos mismos están perdidos porque no conocen la Verdad. Las vidas de estos líderes dan testimonio de lo que tienen en su interior: infelicidad, inmoralidad, poses y engaño.

El paracaidismo, otra profesión de Zovek

Yo estudié desde técnicas de control mental hasta meditación zen, dianética, metafísica, energía, los cuarzos, artes marciales y distintas disciplinas de la nueva era. Busqué por más de 25 años. Me equivoqué hasta casi estropear mi vida, pero llegó un momento en que Dios tuvo misericordia…

Mis primeros contactos me empezaron a hablar de Jesucristo en 1993. En aquella época era un joven muy envanecido, me sentía muy fuerte, como que el mundo no me merecía y rechazé todo esto.

En aquella época era un joven muy envanecido, me sentía muy fuerte, como que el mundo no me merecía

Me había vuelto muy descuidado en cuanto a mi integridad personal. Gracias a Dios no quedé "planchado" porque todas las actividades que realizo son riesgosas: paracaidismo, escapismo y en ese tiempo, motociclismo de tiempo completo. Mi frustración ante la vida fue tal que empecé a ser demasiado imprudente.

En 1995 me casé con Hilda Errasti. Al año nació mi primer hijo, y poco después ya no estuve contento con mi matrimonio. Tomé la decisión de divorciarme. Creía merecer a alguien perfecto y empecé la búsqueda. Caí en inmoralidad, cosas muy destructivas y perniciosas.

Como tenía muchos problemas decidí visitar a una persona a quien no había visto en varios años. Carlos había sido mi amigo de toda la vida, era cristiano y me había compartido su fe antes. Me tembló la mano cuando toqué su puerta; no sabía si me iba correr a bibliazos. Tenía conceptos muy erróneos del cristianismo.

Me recibió con un gran abrazo y descargué todo mi problema con él. Con mucha paz me dijo: "No te vas a divorciar".

Pensé: ¿Qué se cree este cuate? ¿El que sabe? Hace mucho que no está en mi vida: ¿Con qué derecho opina? Me llamó mucho la atención que se sentía una paz muy bonita en su casa. Después de vivir un rollo turbulento, solo y con broncas con todo el mundo, le dije: ¡Qué rico se siente estar en tu casa! El me dijo: "Es la paz que da el Espíritu Santo".

Le pregunté a qué iglesia asistía y dos semanas después llegué con mi esposa a la congregación Vida Nueva para México. Me pareció como un grupo de Alcohólicos Anónimos. Me senté hasta atrás con pena de que me reconocieran.

Alguien me prestó una Biblia Juvenil. Me gustó porque en la introducción tenía varias respuestas a cuestiones de las que ya estaba harto. Por ejemplo, de la Nueva Era; traía citas bíblicas, las busqué y me encantó la paz que me dejaba su lectura. La Biblia, al contrario de otras filosofías, respondía las preguntas básicas de manera directa y sin divagar: ¿A dónde vamos? ¿De dónde venimos? ¿Cuál es el significado de la vida?

Al final de la predicación me presentaron al pastor Ismael Ziraguan, quien fue karateca, cuarto dan. Nos preguntó que si creíamos en Jesucristo como el hijo de Dios o como un profeta más. Le dije que como hijo de Dios, porque esa verdad sí la tenía arraigada en mi pensamiento. Ya había roto con la religión tradicional cuando meses atrás mi esposa y yo habíamos ido a un retiro que no me sirvió de nada. Es más, cuando al sacerdote le platiqué mi historia medio maquillada, me recomendó el divorcio. Me aseguró que una serie de funcionarios celestiales me perdonaban y me deban la oportunidad de rehacer mi vida. Pero no sentí paz.

Cuando finalmente ese pastor me preguntó que si quería aceptar a Jesús dentro de mi corazón, le dije: Pues la verdad sí me hace mucha falta. ¿Dónde le firmo?

Hicimos una oración. No vi estrellitas, ni oí campanitas, ni la vida me cambió. Tal como si hubiera tomado un vaso, no sentí nada. Mi vida en la tarde siguió siendo la misma; tuve una discusión con mi esposa y me fui por mi lado a mis ondas.

Yo creía en mis fuerzas y nada más. Totalmente materialista, con una proyección espiritual cósmica. A Dios lo entendía como el panteísmo lo propone: Su esencia en cada pajarito, hormiga, elefante, en cada planta, el mar, el viento, las estrellas.

Es el gran error en que incurrimos muchos jóvenes. Queremos formar parte del universo, y no nos damos cuenta de que nuestro lugar es de orden creado. Antes de aceptar a Jesús en nuestro corazón somos creación, después de recibirle somos sus hijos. Ese es el gran salto. Mucha gente no lo puede comprender. La única fuerza que logra armar esa estructura es el poder del Espíritu Santo. Lo primero que tuve que hacer fue despojarme de todas esas ideas panteístas.

La gran verdad de Jesucristo no es compatible con las mentiras. Dios en ese acto de fe me mostró esto. Aunque seguí todo ese mes con mi moto descompuesta, sin trabajo, no dinero, divorciándome.

Mi esposa y yo íbamos a ver muy seguido a mi amigo Carlos, quien empezó a discipularnos con estudios bíblicos. Nos reuníamos en un restaurante y platicábamos horas. Pero me dejó algo muy claro: Tenía que arrepentirme de mi pecado de infidelidad.

Le contesté que no creía en el arrepentimiento. No me parecía justo que alguien fuera un desgraciado toda su vida, y al final sólo por arrepentirse ya se ganaba el cielo.

Me explicó que la palabra arrepentimiento viene del griego, que quiere decir volverse. Dar 180 grados en tu mente, generar un cambio de actitud. En ese momento tienes una reconciliación con Dios, si tú le reconoces.

Me sonó totalmente lógico, porque una cosa es robar en tu trabajo y que te dé remordimiento pero que lo sigas haciendo, y otra arrepentirse procurando alejarte constantemente de aquella actividad o actitud que te hace caer.

En mi caso debía alejarme de una mujer y de aspectos como la soberbia, la vanidad y el orgullo. Pero no me iba ser fácil…

Un matrimonio en problemas Por entonces yo vivía en casa de mi mamá. Aunque ella no estaba de acuerdo en que me divorciara, me aceptó en su casa por intercesión de un hermano mío. Un día empezamos a discutir tan fuerte, que mi hermano tuvo que intervenir, yo estaba muy agresivo y la discusión subió tanto que llegó a los golpes.

Le lancé una patada de gran intensidad. En el último momento reaccioné y traté de quitarle fuerza, pero ya mi hermano había salido volando. Como él es mucho más alto que yo se enojó mucho y me pegó también.

Todo descalabrado agarré un taxi, me fui a un cajero y saqué los últimos cincuenta pesos que me quedaban. No tenía a donde ir y llamé a mi esposa. Me permitió quedarme en la que había sido nuestra casa. Llorando le conté lo ocurrido con mi hermano y ella me curó las heridas. Nos acostamos a las tres de la madrugada, y al día siguiente se nos hizo tarde para llegar a la junta donde íbamos a asentar la segunda firma de divorcio.

Mi esposa me dio una gran lección ese día. En lugar de vengarse de todo lo que había hecho me permitió desahogarme como una amiga.

Hilda en ese tiempo estaba embarazada de Dara y nuestro hijo Zovec nos acompañó. Como es un niño muy sociable la secretaria del juez se puso a jugar con él, y de repente nos preguntaron: ¿Qué están haciendo aquí? ¿Es a ustedes quienes vamos a divorciar? Están locos. No sea usted bruto, me dijeron, no ve qué hermosa familia tiene.

El juez nos corrió. Dijo que no iba a contribuir a mi ruina. Todo apenado con mi abogado le pedí disculpas y me dijo que para él era la mejor decisión que alguien podía tomar.

Hilda tenía una gran paz. Noté que se había puesto otra vez los anillos y le reclamé: ¿Pretendes conmoverme o qué? Su contestación fue: "Me pongo mis anillos porque aunque administrativamente estemos separados, toda la vida serás mi esposo y el padre de mis hijos y yo te voy a amar siempre."

Una lección que a cualquier macho como era yo, desarma totalmente. Lecciones de paz, de confianza, de fe, de amor, la primera carta a los Corintios capítulo 13 en toda su extensión.

Cuando me corrieron del juzgado me fui con la otra mujer porque a pesar de la inmoralidad de mis últimos años de soltero, con todo, me consideraba una buena persona, y no quería ser polígamo, sino rehacer mi vida, volverme a casar, y hacer todo según yo "bien". Entonces hablé de más y llegó el momento en que tenía un doble compromiso.

En la tarde cuando llegué a mi discipulado, le conté todo a Carlos y confesé mi decepción porque ahora que había aceptado al Señor, todo parecía peor.

Me repitió que tenía que arrepentirme de mi infidelidad. Yo no quería dejar a la otra mujer. Estaba consciente de que esta situación me estaba matando, que no era bueno y que estaba destruyendo a mi familia, pero no podía dejarla.

"Si realmente no puedes en tus fuerzas, pídeselo al Señor", me aconsejó. Oré de todo corazón, rogando a Dios a librarme. Tomé la decisión de hablar con la mujer, le dije que tenía que irme, pero le aclaré que todas las filosofías e ideas que yo le compartí alguna vez, ocultismo, metafísica, meditación, zen, no servían para nada. Y me fui…

De una manera maravillosa en un mes sané de aquel asunto. Dejó secuelas y mucha tierra porque Jesucristo te quita la plaga, pero la suciedad a la que diste entrada ahí queda y tienes que sacar tu escobita y barrerle. Destruí totalmente mi salud financiera, mi moral quedó muy débil, aunque mi matrimonio quedó restaurado en esencia, porque mi mujer es una mujer maravillosa y porque el Señor obró en ella, pero nos ha costado mucho trabajo. Todo por irme por la puerta amplia que lleva a la perdición.

Hilda y Zovek: ¿Hasta que la muerte los separe?

El segundo paso fue reconstruir a la familia de parte de mi mamá porque estaba peleado con todos. Pasó un mes en el cual no me comuniqué con nadie, aunque mi madre pedía informes a mis amigos sobre mí. Le dijeron que no iba a divorciarme, que estaba leyendo la Biblia, que todo estaba mejor en mi vida. Le dio mucho gusto.

Corrió todo el mes de abril. No sé de qué comíamos pero el Señor proveyó para que no nos faltara el alimento. Comprendí que mi verdadera familia era ésta, mi esposa y mis dos hijos, la que el Señor me había regresado.

Una hermosa familia restaurada por Dios

El 9 de mayo mi mamá me habló y aceptó venir a comer en mi casa al día siguiente, día de las madres. Estuvo muy contenta de ver mi matrimonio feliz. De repente se recargó en el respaldo de la silla, respiró profundo y dijo: "Ay, hijo, ¡qué paz se siente en tu casa!". Me sorprendió muchísimo y me acordé de cuando yo sentí lo mismo en casa de mi amigo Carlos.

Al mes aceptaron a Cristo mi mamá y mi hermana, maestra en cursos de metafísica y energía. Ella desde el primer día rompió cuanto afiche metafísico encontró en su casa. También estaba cansada de buscar la verdad durante 25 años, desde que murió mi papá.

Todo 1997 les hablé del Señor a mis dos hermanos varones. Uno ya lo aceptó y el otro está tomando discipulado. No escucharon porque soy un gran maestro de la Biblia, sino porque vieron los cambios que ocurrieron en mi familia.

Las cadenas que rompe el Señor no son como las que yo me quito en mis actuaciones, instrumentos de sujeción como camisas de fuerza, esposas o grilletes. Son cadenas espirituales que no vemos. Un asunto privado entre Dios, tú, y tus pecados.

Ya no dependo del éxito financiero, ni de la fama, ni de la buena fortuna, para poder considerarme exitoso. Cuando me hicieron plasmar las manos en Plaza Galería alguien dijo: "Ahora sí te vas a inmortalizar". No, compadre, le dije, yo me inmortalicé el día que recibí a Jesucristo en mi corazón. Gracias a él, tengo vida eterna ahora y realicé el mejor escape: ¡Escapé del infierno!

Publicado originalmente y donado por la revista "Prisma"