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| El Gran Partido |
por Paco Palafox |
Era domingo al mediodía. Unos amigos estaban de visita en la
ciudad y una de las cosas que más querían hacer era visitar
el Estadio Azteca. Uno de ellos, Sergio, tenía ya el nombre de
los equipos que jugarían ese mismo día, el América
contra el Toluca
Como te imaginarás no soy una persona a quien le guste mucho
el fútbol. Después de tratar de evadir la proposición
y dar opciones que no los convencieron a desistir de su idea de ver
el partido, nos dirigimos al estadio. La verdad no me gusta pero aunque
a veces trates de negarlo, la emoción de estar dentro de ese
enorme lugar es algo único. Casi cien mil personas llenas de
emoción, gritándole a su equipo favorito, te contagia.
Las camisetas, banderines, trompetas, gritos, espuma, porras y todo
lo que hacía identificarse a cada individuo con su favorito era
increíble. El estadio se dividía en dos colores básicos,
el rojo y el amarillo.
Yo de jugadores no sé ni los nombres. Me acordaba de alguno,
pero me dijeron que esos ya no estaban en el equipo. No me importó
y lleno de ánimo me compré ahí mismo una camiseta
y una bandera para apoyar al equipo. ¿A cuál? No importa,
la idea era simplemente estar a tono del evento y no estar con cara
de extranjero en plaza pública.
Al entrar al estadio todo era emoción. Podías sentir una
especie de éxtasis y euforia causados por el ir y venir de un
balón y 22 personas luchando por tenerlo en su dominio. Toda
la gente se animaba, gritaba y expresaba lo que sentía, y cuando
había un gol, el estadio parecía explotar. Algunos como
que lloraban, otros reían y algunos más peleaban. El árbitro
se llevaba casi siempre una lluvia de maldiciones y no se diga del jugador
que teniendo todo para hacer el gol, fallaba en el instante preciso.
Todo era un mar de emociones, emociones que dentro de mi no tenían
significado alguno. Yo llevaba los colores del equipo, pero mi emoción
era superficial, me daba igual si anotaba el gol un equipo que si lo
anotaba el otro porque simplemente no me identificaba con nadie. Sin
embargo, las personas que estaban cerca de mi estaban completamente
apasionadas. No importaban las diferencias sociales o culturales, si
uno era licenciado y el de junto era un taquero, o si el de al lado
viajaba en auto de lujo y el otro había llegado en transporte
público, se rompían todas las barreras en el ritual del
gol, en la identificación con el equipo y lo que los jugadores
representaban. En esos momentos no existía nada más importante
en su vida que el ir y venir del balón.
La vida es como un gran estadio de fútbol: diferentes formas
de ser y pensar, diferentes culturas. De los casi cien mil que había
en el estadio solamente 22 eran los que cargaban con la responsabilidad
del juego, ¡sólo 22 protagonistas de casi cien mil!, lo
que nos da un porcentaje exageradamente pequeño de quienes eran
los que controlaban las emociones de todos los ahí presentes,
y de esos 22 se recuerdan más a los que destacaron por sus mejores
jugadas, y aun más, a quienes metieron esos goles que definieron
el partido.
De la misma manera, de entre milliones de personas, solamente los que
se deciden a "jugar" son los que van a lograr lo que se proponen,
son los que van a "ganar el juego", los que se identifican
con un ideal, en este caso el ideal de triunfo y de lucha por su equipo.
Aunque en esta ocasión yo llevaba puesta la camiseta de uno de
ellos y me emocionaba un poco por las jugadas, eso no me hizo un jugador.
Miles más como yo la llevaban, esos otros miles tampoco bajaron
al terreno a jugar. Simplemente fuimos espectadores emocionados y aunque
en sueños nos hubiera gustado ser quien metía el gol,
no lo fuimos, así como tantos millones de personas sólo
sueñan con llegar a hacer algo, pero son simples espectadores
de la vida, y los escuchas hablar de sus proyectos y lo que les gustaría
hacer y lograr, pero no pasan de su boca. Nunca lo llevan a la acción
porque no tienen el valor, la determinación ni la agresión
para lograrlos.
Nos hace falta la identificación con el equipo, sentirnos parte
de el, aprender más, conocerlo de fondo, como en la iglesia.
Tal vez simplemente eres un mero espectador y en alguna ocasión
te emociona ver lo que alguna vez hizo contigo mismo, pero no tienes
la plena identificación con Jesucristo.
No sientes que en realidad viva dentro de ti como tantas veces lo has escuchado
y hasta compartido con otros. Estar firme en la fe, es estar identificado y saber el por
qué crees en lo que crees. No podemos estar dentro de la vida
sin saber por qué estamos en ella. Hoy estamos viviendo tiempos
en los que los jóvenes principalmente no sabemos a donde dirigirnos
porque simplemente no nos identificamos con nadie. No encontramos líderes
que nos ofrezcan soluciones o propuestas creíbles. Es una sencilla
cuestión de decisión de tomar parte con Jesús y
ver qué dice su palabra.
Mientras el partido seguía, mi mente empezó a volar y
de pronto me vi a mi mismo jugando al fútbol, la gente aplaudiendo,
y emocionándose, yo corriendo de un lado al otro tratando de
hacer mío el balón. Veía en los otros jugadores
los rostros de mis amigos, de los compañeros en la iglesia, como
si estuviéramos formando todos un equipo. Volteaba afuera de
los límites del campo y veía a nuestro entrenador, Jesucristo,
diciendo cómo y por dónde avanzar. Fue una imagen muy
agradable, y es un anhelo que sé que muy pronto será una
realidad, el trabajar juntos, identificados con Jesucristo, obedeciéndole
y unidos como un solo cuerpo en él.
Tú y yo tenemos hoy la decisión de ser simples espectadores
en el estadio de la vida o de ser jugadores que anoten gol, y no solamente
un gol, muchos goles. Nadie dice que es sencillo, tenemos que pasar
por muchas pruebas, por un entrenamiento duro, algunas veces cansado,
pero si soportamos el proceso, estoy seguro que vamos a llegar donde
queremos llegar, y a recibir no solamente el aplauso de casi cien mil
espectadores, sino el aplauso de Dios.
Decide identificarte plenamente con Jesucristo, para que otros se identifiquen
plenamente contigo.
Publicado originalmente y donado por
la revista "Prisma"
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